Crónicas Menducas: Fernando Lorenzo y el precio de la lucidez

Roberto Suarez

En mi larga trayectoria como periodista tuve el privilegio de conocer y entablar diálogo —y, con el tiempo, amistad— con grandes figuras intelectuales de Mendoza: colegas, artistas, cantantes, músicos, pintores, actores. Pero hubo un caso muy particular, casi fundante, con tres poetas que marcaron mi formación humana y literaria a fuerza de cafés, tertulias y conversaciones interminables. Fueron Fernando Lorenzo, Julio González y Carlos Levy.

Amigos entrañables. Un verdadero lujo compartir con ellos tantos momentos en los que uno podía apreciar no solo su talento y creatividad, sino también su madera humana. Aprendí mucho escuchándolos.

En esas mesas de café también alternaban otros grandes maestros de la vida: Elio Viola, Mario Padín, Cristóbal Arnold, el Tano Embrioni, y cuando venían a la provincia, Carlos Alonso y Aldo Braga.

Eran tiempos en los que la conversación todavía era un arte.



Para estas páginas elijo detenerme en Fernando Lorenzo, como una forma de recordarlos a todos.

Fernando Miguel Lorenzo nació en 1924, en Godoy Cruz, Mendoza. Fue un creador multifacético: profesor de Bellas Artes, poeta, narrador y dramaturgo. Se desempeñó como actor, docente y director de teatro; presentó numerosas exposiciones de pintura; fue corrector en diarios y revistas y columnista radial. Un hombre atravesado por el arte en todas sus formas.

No publicó mucho. Desconfiaba de lo que llamaba, con ironía feroz, los “contratos leoninos”. Aun así, dejó obras fundamentales de la literatura argentina: la novela Arriba pasa el viento; los cuentos reunidos en Sucesos en la tierra; y la inolvidable obra teatral Los establos de Su Majestad, escrita junto a otro gran amigo y escritor mendocino, Alberto Rodríguez (h).

Arriba pasa el viento” de Fernando Lorenzo

Fernando era, además, un encantador. Su manera de hablar, su modo de razonar, sus ironías filosas y su humor agudo convertían cualquier charla en una experiencia de aprendizaje. Siempre dispuesto al diálogo. Infinito.

Publicó muy joven. “Tránsito”, su primer libro de poemas —que me obsequió y conservo como un incunable— apareció en 1947 con viñetas de Carlos Alonso. Ya estaba allí su marca: una escritura de pasaje, de desplazamiento, de cruce. Luego vendrían “Segundo diluvio”, áspero y premiado; “Arriba pasa el viento”, novela que anticipó formas narrativas que después serían centrales en la literatura latinoamericana; los cuentos de” Sucesos en la tierra”; una obra teatral breve pero contundente; poemas pensados para durar siete minutos exactos; textos escritos para la escena, para la voz, para el cuerpo.

Lorenzo no concebía la literatura como un gesto decorativo. “Todo artista tiene que ser fiel a su tiempo”, decía, y asumía esa fidelidad como una carga. Su escritura fue una lectura simbólica y descarnada de la realidad: la hipocresía social, el autoritarismo, la violencia soterrada, la asfixia moral.

En ese sentido, su obra dramática resulta reveladora. El concierto a fuego lento de la señora Decroly —la historia de una violinista ciega que fracasa frente a una sociedad cruel— es una parábola escrita contra la época, pero también contra una Mendoza pacata, observadora e implacable.

No fue casual que ese texto casi no tuviera puestas en escena. Como muchas de sus obras, quedó en un territorio incómodo: demasiado lúcida para el aplauso fácil, demasiado poética para la indiferencia.

Lorenzo escribió sabiendo que el precio sería la marginalidad editorial, las ediciones mínimas, la circulación restringida. Aun así, persistió.

Se movía con naturalidad entre la poesía y la prosa, entre la dramaturgia y la plástica. Podía alcanzar una belleza hipnótica o una ironía corrosiva con la misma precisión.

En los años más oscuros del país, su escritura no esquivó la sombra. “Quiquiriquí”, escrito junto a Marcelo Santángelo, es un poema feroz, hijo de un tiempo en el que la palabra debía decir sin decir, resistir sin proclamas. Más tarde llegarían las cantatas junto a su hijo Ramiro, los textos para música, el diálogo entre generaciones como forma de continuidad vital.

Lorenzo entendía la poesía como una acción físico. “La poesía es un acto orgánico —decía—, como comer, caminar, respirar”.

Murió en 1997, de cáncer, en Mendoza. Como había vivido: sin épica pública, sin alboroto. Años después, un documental volvió sobre su figura y una antología reunió parte de su obra dispersa. Pero su lugar sigue siendo extraño: poco leído, muy influyente; poco citado, muy presente.

Hace ya casi tres décadas, con Lorenzo se fue toda una forma de pensar y hacer literatura. Murió una estética, una poética y una ética. Difícilmente haya escritores que quieran —o puedan— escribir como él.

Fernando Lorenzo fue un escritor en tránsito permanente. Un pasajero lúcido en una ciudad que muchas veces no supo qué hacer con él. Su obra —como esas servilletas escritas al paso en un bar— quedó sobre la mesa, esperando lectores capaces de entender que la literatura, cuando es verdadera, no consuela: despierta.

Fueron memorables sus columnas en la revista Claves. Pero quiero dejar presente una que escribió en el periódico El Político, donde trabajamos juntos. Para mí, es la mejor nota que se haya escrito sobre la muerte de Jorge Luis Borges. La tituló “Borges en Ginebra”, y la reproducimos textualmente como cierre, porque allí también está Fernando Lorenzo entero: su mirada, su ética, su modo de leer el mundo.

Las escorias de Borges descansan en Ginebra; él, que parecía nacido y hecho para la Recoleta, el cementerio patricio ordenado como un patio donde la muerte parece menos brava.

Así lo quiso a sabiendas del país que dejaba, temeroso tal vez de las crónicas y obituarios que su muerte desataría, al estilo sensacionalista y vulgar que él detestaba.

Se llevó su muerte a Suiza, nación desapasionada, moderna, geométrica, pero capaz de producir algunas de las personalidades más candentes de la acción y el pensamiento humano. Nos tenía guardada esta última metáfora, esta saga donde la Parca roba de su tierra a un hombre que la amó y describió hasta el plagio de sí mismo y el delirio.

No estaba preparado el país para esa literatura. Y, si lo estaba, no faltaban, de década en década, los propiciadores de ‘lo nuestro’, ‘el ser nacional’, ‘el perfil argentino’, que de los estrados políticos combatían —sin haberlas leído— todas las formas de expresión que superaban el entorno nacional en busca de lo universal.

Así, mucha gente que ni siquiera conoce el Martín Fierro osó calumniarle de extranjerizante (creyendo, por supuesto, que no ser nacionalista era pecado).

Borges soñaba para los argentinos una mitología que no tenía y que, en consecuencia, era urgente crear a partir de lo más mísero: los cuchilleros, los compadritos, echando mano, aunque fuera, a su inspiración en los grandes maestros de la literatura hiperbórea europea, menos conocidos aquí que los franceses, los italianos, los alemanes.

No tenían acaso nuestros temas el derecho de ser universales. Borges fue siempre un escritor comentado, envidiado y querido en pequeños círculos intelectuales del país, pero fue Europa con sus traducciones la que, lentamente, lo fue descubriendo y lanzando al mundo. Y en la medida que esa Europa lo festejaba y lo premiaba como un raro ejemplar de escritor de estas tierras, el hombre medio argentino que lo desconocía, se iba formando una imagen de él como escritor que hace abjuración de su nacionalidad.

Dueño de una prosa que no es ni criolla, ni española, ni gauchesca, que es sólo borgeana, anticastiza, americana de raíz hispánica pero lo suficientemente nueva como para deslumbrar a los españoles idiomáticos, dueño de una prosa que le nació del contacto con la ‘Luna de enfrente’ , ‘El vino pendenciero’, ‘Fervor de Buenos Aires’, fue reseñando una patria fantástica donde ya todo era posible, hasta la pesadilla de ser argentino, hasta ser agnóstico, hasta tildar de ‘viudo macabro’ a un ex presidente.

Borges estuvo solo en un país demasiado deshecho, en un país ‘que tiene la rara virtud de hundirse interminablemente’. Todos los que jamás lo leyeron continúan creyéndolo autor de una literatura de espalda al país y propensa a lo extranjero en detrimento de lo propio. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre es que Borges fue el único escritor argentino que supo o pudo ‘argentinizar’ corrientes literarias eternas, cuando los temas fueron foráneos, y universalizar las pequeñas magias nuestras: el tango, el malevo, la orilla, los patios, el Bajo, San Telmo. Y prefirió dedicarle un ensayo, al ‘poeta menor’ Evaristo Carriego, amigo de su padre y visitante de su casa. Lo que molestaba de Borges al lector medio era la diversa entonación, no académica, de sus creaciones y esa falta de imaginación para juzgar su obra cundió en lectores que repitieron la hazaña de considerarlo por poco enemigo de la patria.

Contra eso, tal vez, Borges, que nos dio gloria a raudales y más de una noche de lectura deslumbrante, hurtó su cuerpo muerto hecho para la Recoleta.

Los que nunca respetaron, ni leyeron, ni comprendieron su obra, acepten al menos, esta su última metáfora: elegir para yacer lo más lejano de lo que describió y amó: Ginebra”.

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