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Entender a China: cómo el país que Estados Unidos ayudó a crecer se convirtió en su principal rival

Para buena parte del mundo occidental, y también de América Latina, China sigue siendo un país que se conoce más por sus consecuencias -los productos que llegan a los locales, las noticias sobre aranceles, la disputa por la inteligencia artificial- que por su historia. Se habla todo el tiempo de China, pero se entiende poco cómo llegó hasta acá. Esta nota intenta llenar ese vacío: repasar de dónde viene el ascenso chino, qué pasó puertas adentro de su sistema político y por qué, hoy, ese mismo país que Estados Unidos ayudó a levantar se convirtió en su rival más serio.

Un cálculo frío de Guerra Fría

La historia moderna entre Estados Unidos y China no arranca con buenas intenciones ni con un interés genuino por el desarrollo chino. Arranca con un cálculo geopolítico frío, en plena Guerra Fría.

A comienzos de los años 70, Estados Unidos estaba empantanado en Vietnam y consideraba a la Unión Soviética su rival estratégico central. El asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger vio una oportunidad en algo que venía gestándose desde hacía más de una década: la ruptura entre China y la URSS, dos potencias comunistas que se habían distanciado hasta el punto de chocar militarmente en su frontera en 1969. Si los dos grandes rivales de Washington se odiaban entre sí, la jugada era clara: acercarse a uno para debilitar al otro.

China sigue siendo un país que se conoce más por sus consecuencias -los productos que llegan a los locales, las noticias sobre aranceles, la disputa por la inteligencia artificial- que por su historia.

Ese acercamiento tuvo su gesto simbólico en 1971, cuando un equipo estadounidense de tenis de mesa viajó a China en lo que se conoció como la “diplomacia del ping pong”, el primer contacto oficial visible entre ambos países en más de veinte años. Un año después, en 1972, Richard Nixon viajó a Pekín en una visita que shockeó al mundo. En 1979 se formalizaron relaciones diplomáticas plenas. El objetivo, para Washington, nunca fue ayudar a China a desarrollarse por sí misma: era usarla como contrapeso de la Unión Soviética.

La apuesta que China hizo, y que Occidente no vio venir

Lo que China obtuvo de ese acercamiento fue mucho más que reconocimiento diplomático. Obtuvo tiempo, mercado y, sobre todo, tecnología, sin tener que ceder nada en el terreno que más le importaba: el control absoluto del Partido Comunista sobre el país.

Ese fue el verdadero as bajo la manga de Deng Xiaoping, el líder que tomó el control efectivo de China a partir de 1978 tras la muerte de Mao Tsé-Tung. Deng nunca le compró a Occidente la premisa de que el desarrollo económico exigía democracia. Le compró la premisa de que podía importar capital, fábricas y conocimiento técnico manteniendo intacto el poder político del Partido. Fue una apuesta de décadas, ejecutada con una paciencia que ningún gobierno democrático, sujeto a elecciones cada cuatro años, podría haber sostenido.

El mecanismo fue tan simple como efectivo: las empresas extranjeras que querían aprovechar la mano de obra china -abundante y muchísimo más barata que la occidental- debían, durante mucho tiempo, asociarse por ley con una empresa local y compartir su tecnología como condición para operar en el país. Las multinacionales aceptaron ese costo porque el negocio de corto plazo era demasiado tentador: escala de producción gigantesca, salarios ínfimos, un mercado de más de mil millones de personas esperando a ser explotado. Muchas sabían que estaban formando a su futuro competidor. Lo hicieron igual.

Ese proceso se profundizó enormemente después de 2001, cuando China ingresó a la Organización Mundial del Comercio con el respaldo activo de Estados Unidos. La lógica de Washington, en ese momento, ya no era contener a la URSS -que había dejado de existir una década antes- sino otra apuesta, también equivocada: la idea de que el comercio iba a “liberalizar” políticamente a China con el correr de los años. China entró de lleno a los mercados globales. La democratización nunca llegó.

Cómo China ejecutó, paso a paso, un plan de cuarenta años

El ascenso chino no fue una simple consecuencia pasiva de recibir inversión extranjera. Fue una estrategia de Estado sostenida con una consistencia excepcional:

  • Laboratorios controlados antes que apertura total. Deng no abrió todo el país de un día para el otro. Creó “zonas económicas especiales” -Shenzhen, un pueblo pesquero en 1980, es el caso más citado- donde se permitía experimentar con capitalismo de mercado bajo supervisión estricta, antes de expandir el modelo al resto del territorio.
  • De copiar a liderar. Durante los 80 y los 90 el patrón fue importar tecnología, copiarla y mejorarla. Desde mediados de la década de 2010, con el plan estatal “Made in China 2025”, el objetivo pasó a ser explícito: liderazgo propio en semiconductores, vehículos eléctricos, energías renovables e inteligencia artificial, ya no solo fabricar para otros.
  • Ahorro forzoso e inversión masiva. China destinó una porción enorme de su producción a construir puertos, trenes, redes eléctricas y ciudades enteras, financiado en gran parte con el ahorro de una población que, sin una red robusta de jubilaciones ni salud pública, ahorraba por pura necesidad de supervivencia.
  • Un Estado que nunca soltó las palancas financieras. A diferencia de lo que recomiendan los manuales económicos occidentales, China nunca liberalizó del todo el movimiento de capitales ni dejó que su moneda flotara libremente. Eso le dio al gobierno una herramienta de control que las economías totalmente abiertas no tienen.

El resultado, medido en números, es difícil de exagerar: China pasó de ser una economía marginal en 1980 a convertirse en la segunda del mundo -o la primera, según cómo se la mida-, sacó de la pobreza extrema a varios cientos de millones de personas en el proceso de reducción de pobreza más veloz de la historia moderna, y se transformó en el principal socio comercial de la mayoría de los países del planeta.

La otra mitad de la historia: lo que pasó adentro del Partido

Acá está el capítulo que suele quedar afuera cuando se habla de China solo en términos económicos: mientras la economía se abría al mundo, el sistema político hizo exactamente lo contrario.

Tiananmen, 1989, fue el momento bisagra. La apertura económica había envalentonado a un sector reformista dentro del propio Partido Comunista, que empezó a coquetear con la idea de acompañar el cambio económico con alguna forma de apertura política. La represión de la protesta en la plaza de Tiananmen cerró esa puerta de manera definitiva y sangrienta. El mensaje, hacia adentro y hacia afuera, fue inequívoco: la economía se sigue abriendo, pero el monopolio político del Partido no se negocia. Fue, en los hechos, la respuesta más contundente a la idea occidental de que el desarrollo económico traería consigo la democratización.

De un liderazgo compartido a la concentración de poder con Xi Jinping

Tras Deng, China funcionó durante un par de décadas con un liderazgo relativamente colectivo, con límites de mandato pensados para evitar que se repitiera un culto a la personalidad como el de Mao. Xi Jinping, que asumió el poder en 2012-2013, revirtió esa lógica: concentró la autoridad como ningún líder chino desde Mao, eliminó en 2018 el límite de dos mandatos presidenciales -lo que en la práctica le permite gobernar sin fecha de vencimiento-, impulsó una campaña anticorrupción que también sirvió para purgar rivales internos, y reforzó el control ideológico del Partido incluso sobre las grandes empresas tecnológicas privadas que habían crecido con enorme autonomía. El caso más recordado es el de Jack Ma, fundador de Alibaba, silenciado públicamente después de criticar al sistema financiero estatal en 2020.

Una clave cultural que no conviene pasar por alto

Para entender a China hace falta, además, salir del marco político-económico occidental con el que solemos leer estos procesos. Hay una idea que atraviesa buena parte del discurso oficial chino, y que ayuda a explicar la energía detrás de este ascenso: el llamado “siglo de humillación”, el período entre mediados del siglo XIX y mediados del XX en el que China fue sometida por potencias extranjeras -las Guerras del Opio, las concesiones territoriales forzadas, la ocupación japonesa-. El relato del Partido Comunista presenta el ascenso económico actual no simplemente como progreso, sino como una restitución histórica: la recuperación del lugar que China considera que le corresponde en el mundo después de un siglo de humillación extranjera. Esa narrativa nacionalista es una pieza clave para entender por qué la sociedad china, en su gran mayoría, no percibe el fortalecimiento del Estado y del Partido como una limitación a su libertad, sino como la condición necesaria para que algo así nunca vuelva a pasar.

A eso se suma una tradición política e intelectual -de raíz confuciana- que prioriza el orden, la jerarquía y la estabilidad colectiva por sobre la libertad individual como valor supremo, algo bastante distinto de la tradición liberal occidental. No es casual que el gobierno chino insista en hablar de “estabilidad” y “armonía social” como objetivos centrales del Estado: son categorías con peso cultural propio, no solo eslóganes de propaganda.

De “integrar a China” a “contener a China”

El giro en la política de Estados Unidos hacia China fue nítido. Durante el primer gobierno de Trump (2017-2021), Washington abandonó explícitamente la apuesta de que el comercio iba a traer convergencia política, y adoptó una postura de confrontación abierta: guerra comercial, aranceles, restricciones a empresas como Huawei y límites a la exportación de semiconductores avanzados. Ese giro no se revirtió con el gobierno de Biden ni con el regreso de Trump en 2025: cambió el estilo, no el objetivo de fondo.

Hoy, en 2026, la relación se describe como una “rivalidad gestionada”. Trump visitó Pekín en mayo, y ambos países vienen preparando una cumbre con Xi Jinping que busca, más que resolver el conflicto estructural, poner reglas mínimas de convivencia: separar los sectores más sensibles -chips, computación en la nube, inteligencia artificial, defensa- del resto de un comercio bilateral que sigue siendo gigantesco e interdependiente. Es una lógica distinta a la de la Guerra Fría con la Unión Soviética, donde hubo un desacople casi total: hoy Estados Unidos y China están tan entrelazados económicamente que romper del todo esa relación sería enormemente costoso para ambos lados, y ninguno de los dos parece dispuesto a pagar ese precio.

La ironía final

La paradoja histórica es difícil de ignorar: Estados Unidos fortaleció a China pensando en debilitar a la Unión Soviética, y terminó construyendo, sin quererlo, al competidor que hoy le disputa el liderazgo tecnológico, militar y económico del siglo XXI. Mientras tanto, Rusia -el rival original de aquel cálculo de los años 70- quedó relegada a un socio menor, cada vez más dependiente de la propia China para sostenerse en el tablero internacional.

Entender esa historia, con sus decisiones políticas, sus giros económicos y su trasfondo cultural, es el primer paso para leer con más claridad lo que hoy ocurre entre las dos potencias que definen buena parte del rumbo del mundo.

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