La Corte Interamericana, más necesaria que nunca

Su importancia actual no se explica solo por las condenas que dicta, sino por la forma en que amplía el campo de lo jurídicamente pensable. La Corte ya no habla únicamente del pasado violento de la región; interviene sobre sus conflictos más vivos: el cuidado, la niñez, la familia, la desigualdad estructural y, ahora también, la crisis climática.

El cuidado como deuda

Durante décadas, el cuidado fue tratado como una tarea privada, doméstica y casi invisible. Esa ceguera tuvo un costo enorme: sostuvo una desigualdad profunda sobre los hombros de las mujeres y dejó fuera del debate jurídico una dimensión esencial de la vida social. Cuando la Corte Interamericana empieza a colocar el cuidado en el centro, está haciendo algo más que pronunciarse sobre una política pública: está corrigiendo una omisión histórica del derecho.

No hay igualdad real sin una distribución razonable de las tareas de cuidado. No hay autonomía posible cuando la vida cotidiana depende de un trabajo silencioso, gratuito y mal repartido. La Corte, al intervenir sobre ese terreno, obliga a ver lo que durante años se prefirió naturalizar.

El clima ya no espera

La misma lógica se proyecta sobre el cambio climático. Durante mucho tiempo se lo presentó como un problema ambiental, técnico o de largo plazo. Esa manera de mirarlo ya no sirve. El deterioro climático compromete el agua, la salud, la alimentación, la vivienda y, en definitiva, la dignidad de millones de personas. Por eso la discusión dejó de ser puramente ecológica: es una discusión de derechos humanos.

El autor de la nota expone en el Congreso Latinoamericano y del Caribe sobre Niñez, Adolescencia y Familia.

La Corte Interamericana lo entiende así. Y ese entendimiento cambia el mapa jurídico regional. Porque cuando la amenaza es real, previsible y masiva, el Estado no puede refugiarse en la inercia. La omisión también es una forma de responsabilidad. En esa materia, como en tantas otras, el sistema interamericano vuelve a recordarnos que el derecho existe para poner límites antes del desastre, no para comentar sus ruinas después.

El caso María

Pocos casos muestran mejor la utilidad concreta de la Corte que María y otros vs. Argentina. Allí el tribunal declaró la violación de derechos vinculados con la vida familiar, la protección a la familia, las garantías judiciales y la protección judicial en perjuicio de María y su entorno. El expediente no es solo un episodio judicial: es una advertencia sobre lo que ocurre cuando el Estado llega tarde, decide mal o escucha poco.

En materia de niñez, cada demora tiene un costo humano que no se recompone con facilidad. La justicia familiar, administrativa o judicial, cuando falla, no produce un daño abstracto: altera vínculos, rompe trayectorias y deja marcas que suelen durar toda la vida. El caso María recuerda, con una fuerza difícil de ignorar, que el interés superior del niño no puede ser un lema. Debe ser un criterio operativo, real y exigible.

Niños que hablan

La experiencia de niños costarricenses en torno a la Convención sobre los Derechos del Niño ofrece una lección que el sistema jurídico todavía no terminó de aprender: no alcanza con proteger a la infancia; también hay que escucharla. La participación de niñas y niños no es una concesión simpática ni un gesto pedagógico. Es parte del contenido mismo de sus derechos.

Ese cambio de mirada es decisivo. Porque una democracia que habla sobre la infancia sin darle voz sigue siendo una democracia incompleta. La Corte Interamericana, al fortalecer ese enfoque, empuja a la región hacia una idea más madura de ciudadanía: una donde incluso quienes todavía no votan pueden y deben ser considerados sujetos plenos de derecho.

Una autoridad incómoda

La Corte Interamericana incomoda porque obliga a revisar hábitos arraigados. A los Estados, porque desnuda sus incumplimientos. A las burocracias, porque exige criterio y no mera rutina. A las sociedades, porque pone en evidencia cuánto de nuestra vida colectiva sigue descansando sobre desigualdades naturalizadas.

Pero esa incomodidad es precisamente su valor. En América Latina, donde tantas veces la palabra “derechos” se vuelve retórica y la palabra “garantía” se vacía de contenido, la Corte conserva una autoridad rara: la de quien no administra consignas, sino estándares. Y estos, a diferencia de los discursos, obligan.

La gran lección de este momento es simple. La Corte Interamericana importa no solo por lo que juzga, sino por lo que impide que sigamos ignorando. El cuidado, el clima, la niñez, la familia y la protección judicial no son temas marginales: son el corazón mismo de la vida democrática. Por eso la Corte sigue siendo indispensable. Porque en una región acostumbrada a postergar sus deudas, alguien debe recordar que los derechos humanos no están para decorar el presente, sino para ordenar el futuro.

Y quizá no haya mejor imagen para cerrar que la de Cecilia Medina Quiroga: su retrato en blanco y negro, el único en la sala de ex presidentes, a pedido suyo. En la Corte se cuenta que aquel gesto buscó subrayar también una cuestión de género: no mimetizarse en una tradición masculina, sino dejar marcada una diferencia.

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