Cuando el mundo fue adicto a la cocaína

En 1859 el bioquímico alemán Albert Niemann regresó de un viaje a Sudamérica con una bolsa con hojas de coca, algo legal por entonces. Inmediatamente se volcó a estudiar el contenido realizando diversos experimentos. Meses más tarde logró la forma cristalina de la planta, llamándola cocaína. A partir de ese momento, tanto la industria farmacéutica como la alimenticia incorporaron esta droga a diversos productos, que iban desde jarabes a caramelos para niños. La cocaína fue furor y se consumió libremente en todo el mundo durante casi medio siglo.

En 1863, el italiano naturalizado francés, Ángelo Mariani, agregó esta sustancia al vino y la comercializó bajo el nombre “Vino Mariani”. Como era de esperar, el éxito fue rotundo, dada la adicción que naturalmente generó el producto. A medida que su negocio crecía también lo hacían los miligramos de “producto” por botella. Llegó a ser el vino preferido del mismísimo Papa, y pronto comenzaron las exportaciones. En la década de 1870 el producto llegó a Estados Unidos, donde inspiró a muchos, entre ellos a los creadores de la famosa bebida cola que actualmente es pasión de multitudes.

No se trata de un mito urbano, entre 1886 y 1904 la mencionada gaseosa llevó 9 miligramos de cocaína por vaso. Debido a los estragos que pronto ocasionó su consumo, la sociedad norteamericana presionó para la eliminación de este componente logrando su cometido. Paralelamente, en Argentina comenzó a venderse el famoso vino Mariani, hasta su prohibición mundial en 1914.

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En nuestro país, el uso de la cocaína no descendía, aunque desde 1903 empezaron a escucharse las primeras voces en contra. Los dentistas, por ejemplo, la utilizaban a modo de anestesia y simultáneamente estaba presente en productos que prometían soluciones para todo, desde el estreñimiento hasta la depresión.

Poniendo la lupa en su uso como anestesia local, ya que produce un bloqueo de la transmisión nerviosa, fue empleada incluso por los veterinarios. En la revista Caras y Caretas de 1904 leemos:

Con frecuencia se ve a los perros ponerse tristes e inquietos, acercarse a la comida, tomarla y volverla a soltar, comer muy poco y preferir los alimentos blandos. Llevan la cabeza caída, y la expresión angustiosa de su fisonomía revela que están sufriendo. No tarda en presentárseles una salivación fuerte, que se pone espumosa y les cae de los labios cuando han comido algo.  Los amos, al verlos así, se alarman, sospechando o si el animal estará rabioso (…) Pero no es rabia, sino de dolor de muelas (…) Una inyección de cocaína, lo mismo que para las personas, calma casi siempre los dolores dentales de los perros por fuertes que estos sean, facilita el operarles y les restituye la tranquilidad”.

Y si hablamos de cocaína no podemos obviar a Sigmund Freud, quién la consideró como para muchos problemas mentales. En 1884 publicó “Sobre la Coca”. donde recomendó su uso. Siendo él mismo adicto, se la prescribió a su novia, a amigos y a pacientes. Uno de estos últimos murió por sobredosis.

A principios del siglo XX, en las boticas se vendía cocaína como como en pequeñas dosis y sin receta médica, algo que parece hoy increíble. Hacia 1905 aspirarla se volvió popular y las mujeres argentinas estaban a la moda: muchas de ellas llevaban una polvera con droga con estos fines.

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial la mayoría de los países prohibieron la venta y consumo de cocaína. En un par de años se empezó a perseguir a sus vendedores que pasaron a ser contrabandistas. En menos de una década, la sociedad comenzó a relacionarla con la delincuencia y la degradación social. El mundo buscó dejar aquella adicción de la noche a la mañana, para muchos no fue posible… aunque esa es ya otra historia.

 

Luciana Sabina
Historiadora
@kalipolis

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