

No hay multitudes en Habana y Segurola. No habrá un pastel gigante del que saldrá un holograma de Marilyn a cantar aquello de “Happy Birthday…”. Debería soplar velitas y celebrar sus 66 años y, con él, todas las voces, todas. Pero no. Diego se fue hace seis años. Dios nos debe seis años de Maradona. ¿Qué le cuesta el milagro, un milagro más? Si le dijo “levántate y anda” a Lázaro, ¿por qué no nos trae de regreso a Diego, al Pelusa, al 10? …ta madre…
Falla la memoria y no es momento de aventurarse en el googleo, pero me quedo con la frase: “No me importa qué hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”. Derecho de autor a quien se le ocurrió semejante ingenio para encontrar la mejor definición de Maradona, que se nos fue demasiado pronto, que hoy no puede celebrar y se lo consuela, por donde quiera que ande vagando en el Universo, porque, de un modo u otro, hizo de nuestras vidas, las de todos, algo distinto.
Naturalmente, Claudia, Dalma, Giannina y los hijos y nietos que sembró por el mundo lo tendrán bien presente. Sufrirán más que nadie y sentirán dolorosamente la presencia de su ausencia. Increíble ausencia que todavía recorre pasillos de Tribunales. Voz ausente en el siglo de los secanucas, del fútbol distinto al que él regaló, de la IA capaz de cualquier cosa. Qué pena enorme.
Sería un día de caravana continua, de homenajes en loop en los programas de panelistas, en los protocolares saludos de FIFA, Conmebol, AFA y de todos aquellos que no se perdonarían quedarse afuera del festejo. Si vivieron colgados de sus botines, ahora andan colgados de su memoria. Memoria indestructible.
Se va el tiempo. Asoman generaciones nuevas que no vieron sus proezas en el campo y sus decisiones hollywoodenses, algunas trágicas, otras graciosas, algunas —muchas— discutibles. Todas auténticas. Y esas nuevas camadas de pibes escucharán voces rumorosas recordando que hoy Diego cumpliría años y preguntarán:
-Abu, ¿cómo jugaba Maradona?
-¿Que cómo jugaba?… Como nadie, nene, como nadie.
-¿Y por qué todo el mundo habla de él?
-Porque fue como el aire o el agua, imprescindible.
Qué lástima. Desde hace seis años, el aire está viciado y el agua escasea.
Debe haber misas paganas en Nápoles. Tal vez alguna mención burocrática en Barcelona, tan elegantes que son los catalanes. Respetuoso saludo en la Argentina y corazones agitados en Fiorito, una de esas “atroces ciudadelas, sucias y derramadas” que describió González Tuñón.
¿Cómo habrán sido los cumpleaños de Diego niño? Cumpleaños de pobre. Mate cocido y pan duro, tal vez algún dulce que vaya a saber uno cómo había conseguido la Tota. Y de raje al potrero, al baldío irregular, el salón de fiestas de aquel Pelusa pibe y de los pibes del barrio olvidado.
La vida, Dios y el propio Diego nos sacaron seis años —y contando— de Diego. Pero se los celebramos igual, como ocurre con los inmortales. Dicen por ahí, con lógica maledicente, que Diego no está porque se murió. ¿Qué sabe la gente?
¡Salud, campeón! Felices 66 años. Y por cien más. Por mil más. Hasta que el olvido vaya a buscar la pelota adentro del arco.



