

No queda otra, hay que aceptarlo: a partir de ahora, ver a Lionel Messi en el Inter Miami será como cruzarse con un viejo amor de la mano de otro. O de otra. El 10 ya no volverá a ponerse la camiseta de la Selección Argentina, y para disfrutar de su magia será necesario mirar hacia Norteamérica.
Tras la despedida en el Monumental, a Leo le llegó su primer compromiso en la MLS. Y, como los buenos actores, se subió al escenario y no defraudó. Porque más allá de la melancolía y las lágrimas que dejó su paso fugaz por Buenos Aires, el mejor de todos los tiempos regresó a las canchas y cumplió: su equipo goleó al DC United y él marcó dos goles. El segundo, un poema.
Este Messi de 39 años ya no es albiceleste sino que brilla en la pantalla HD de Apple TV, entre el rosa de su ropa y el verde de un césped perfecto. Transpira, sonríe, se enoja, revienta un palo, se lamenta y la pide otra vez. Las tribunas parecen las de un programa de televisión, con mensajes en cartulina. Hay chiquitos en primer plano que gritan y aplauden. Y gente de todo el planeta que lo sigue con sus celulares como si estuviera pasando frente a La Gioconda, por primera y única vez en su vida.
Pero todo pasa durante un partido de fútbol, y este Inter Miami parece otro desde que llegó el Kily González. El receso de la fecha FIFA le vino bien al técnico para ajustar desacoples defensivos, pero especialmente para mejorar a Luis Suárez: el uruguayo fue la gran figura de la noche porque metió los dos primeros goles y asistió a Leo en el tercero. De ahí el abrazo con el DT cuando salió reemplazado en el segundo tiempo.
El que no sale nunca es Messi. No quiso salir contra Benín, negándonos una última escena que hubiera sido digna de un premio Oscar. Y menos iba a salir ante este humildísimo DC United, una franquicia pionera que supo ser la primera campeona de la historia de la MLS, ganando tres de cuatro torneos, pero que hoy no se va al descenso sólo porque en el fútbol de los Estados Unidos no existe esa palabra. El 10 de 10 de 2026 (2+0+2+6=10), nuestro 10 festejó los dos tantos de su compadre charrúa y luego se dio el gusto de gritar los suyos.
En el arranque del segundo tiempo, se miró con Lucho como si estuvieran pasándose el mate: el Pistolero ya había tirado un sobrerito y después le puso la pelota en el lugar justo para que Messi la empuje con un toquecito sutil de zurda. De inmediato, el argentino corrió hacia su amigo señalándolo con su dedo, a modo de agradecimiento, ¿cuántas veces tuvo ese gesto en sus casi mil gritos como profesional?
Un rato después llegó su obra maestra, porque siempre hace algo distinto Messi. La pelota pareció ir hacia Suárez, que amagó y la dejó pasar, descolocando a los pobres defensores del conjunto de Washington. Entonces la agarró Leo, que en lugar de descargar con Lucho encaró hacia el arco preparando su zurdazo, hasta que quebró la cintura y pisó el área perfilado para la derecha, y se las arregló para acomodarse y disparar con la izquierda. Golazo.
Con estas nuevas dos perlas, Messi llegó a los 934 goles y las 427 asistencias en 1.178 partidos (Cristiano Ronaldo acumula 980 y 291 en 1.339), y su vigencia es asombrosa. Tras romperla en el Mundial 2026, donde convirtió 8 goles en 8 partidos, en estos casi tres meses que pasaron desde la final contra España, no paró de meterla: ya son 15 los goles en 15 partidos.
La próxima función en la MLS del hijo de Celia y Jorge será el miércoles próximo, contra New York FC, y luego quedarán cinco partidos más hasta el final de la fase regular, el 7 de noviembre. Aunque el corazón siga roto y con curitas, vale la pena seguir viendo al excapitán de la Selección Argentina. Sí, “el excapitán”, porque decirlo en voz alta ayuda.



