
Francia tiene un plantel demoledor.
Cuando Mbappé, Dembelé y Olise parecen jugadores “normalitos”, te meten a Doué desde el banco y elude a medio Paraguay. La jerarquía individual es impresionante. Ahora bien, terminados los elogios, las leyendas del Profesor expusieron por momentos a Les Bleus. Y sus debilidades fueron tanto futbolísticas como emocionales.
Porque rozó en varios momentos una actitud sobradora del que se sabe superior y le gusta presumir de ello. Paraguay no metió patadas escandalosas, no hizo trampa. Llevó el partido a su ritmo, estiró hasta que el árbitro lo dejó cada segundo del partido. Pero les propuso un juego de roce que exasperó a los franceses.
Y ahí apareció una faceta poco habitual de un equipo tan talentoso. Francia pareció sorprenderse de que les discutieran el partido desde lo físico. Como si estar en la élite de la élite la inmunizara de un choque, de un agarrón, de una discusión o de una pelota dividida.
Cada roce generó una protesta, cada interrupción alimentó el fastidio y cada momento de tensión encontró a varios jugadores más preocupados por señalar al rival que por adaptarse al contexto. Lo curioso es que esa sensación de superioridad se hizo todavía más visible cuando el resultado ya estaba asegurado.
Paraguay lo ensució, lo demoró, lo discutió y lo obligó a salir de la zona de confort. Y por momentos, consiguió algo todavía más valioso: mostrar que detrás de semejante colección de cracks también hay un equipo que se irrita, que pierde la paciencia y que no siempre maneja bien las situaciones incómodas.
Nada le quita justicia a la victoria francesa. Pero por más que les sobren estrellas, los desafíos de un Mundial incluyen partidos como este y más allá del resultado final, tuvieron demasiados problemas para gestionarlo.







