

Parado detrás de un atril en un escenario en penumbras, Javier Milei terminó a duras penas su discurso en el Paris Economic Forum, con la voz quebrada y agradeciendo el sacrificio de sus seres queridos. El Presidente no dijo a quién se refería, pero las cámaras de la transmisión oficial se apuraron a apuntar hacia la silla donde estaba sentada Karina Milei, también abrigada por la insólita oscuridad que se volvió norma en las presentaciones de Milei. La grabación del discurso en Youtube permite adivinar la silueta de Karina aplaudiendo, tal vez emocionada por la ofrenda de su hermano presidente.
Fue el final de la Semana Argentina en París, el evento que el Gobierno usó como plataforma de lanzamiento de una serie de anuncios de inversiones con los que Milei y su equipo planeaban calmar a un mercado que lleva varias semanas demostrando que tiene dudas sobre la sustentabilidad política del modelo económico del Gobierno. La pregunta sencilla y contundente, y que clausura cualquier debate teórico posible, es la misma que enfrenta cualquier presidente democrático obligado a revalidarse en elecciones: ¿Puede reelegir Milei con esta economía? Alguien que apoya a Milei podría agregar una segunda pregunta: ¿La Argentina puede permitirse una economía distinta a esta? Una mala noticia es que la discusión que puede generar la segunda pregunta tiene un cierre forzado, y ese cierre obligado es precisamente el primero de los dos interrogantes.
Ahora, con los malos resultados de la economía que aparecieron en estas últimas semanas, quedó más claro por qué el Gobierno adelantó la campaña electoral y trajo a este año una pelea que naturalmente estaba reservada para el año electoral. Milei y su equipo quisieron saltarse un año en el que, según advierten en el equipo de Luis Caputo, habrá pocas buenas noticias con la capacidad de cambiar el clima económico.
El Gobierno quedó atrapado en un sistema de jaulas discursivas muy difícil de desmontar. Milei y Caputo dedicaron toda la primera etapa de la gestión a mostrarle al mercado que estaban dispuestos a pagar cualquier costo reputacional para mantener el superávit fiscal. ¿Recortes a las jubilaciones? ¿A las universidades? ¿Al hospital Garrahan? ¿A los tratamientos para las personas con discapacidad? ¿Quitas a los gobernadores? Todo eso podía sacrificarse en el altar de la disciplina fiscal, transmitía el Presidente.
El mensaje fue muy contundente, y por eso Milei consiguió un período de romance con el mercado que le permitió bajar de manera apreciable el Riesgo País, aunque nunca hasta el rango de los 200 o 300 puntos, que era la meta que necesitaba el Presidente para volver a financiarse a través de inversores privados, algo que la Argentina tiene vedado desde hace años.
Luego, la muy controvertida estrategia política del año pasado -que le permitió a la Libertad Avanza ganar las elecciones de cargos legislativos nacionales pero sufrir una serie de derrotas en las provincias- hizo caer otra vez el precio de los bonos argentinos, un barrial del que Milei y Caputo no lograron salir nunca más.
Ahora, el pobre desempeño de los indicadores de la actividad económica y la baja de la recaudación de los impuestos asociados al consumo obligarán al Gobierno a hacer más ajustes este año que los que se hicieron en 2026. Caputo, a su vez, está obligado a mantener su prédica fiscalista, porque entiende que cualquier señal de flexibilidad lo hará perder el prestigio de ajustador que se ganó entre los actores del mercado financiero en estos años. Patricia Bullrich entendió muy rápidamente que esa encerrona en la que quedó Milei le abre a ella a cada rato oportunidades para diferenciarse del Gobierno y para ganar votos entre los perjudicados por la gestión que ella misma integra.
La otra jaula sin salida es la del “riesgo kuka” que invocan una y otra vez Milei y Caputo en sus discursos. Hoy, con Axel Kicillof bien parado en la carrera para el año que viene, la debilidad propia que el Gobierno prefiere llamar riesgo kuka está mucho más presente que en 2025. Es -igual que la jaula del ajuste- otro círculo que se realimenta y que se acelera en cada una de sus vueltas.
Esas dos situaciones se resuelven si el Gobierno encuentra alguna manera de reactivar la economía, sobre todo en los sectores que agrupan a grandes cantidades de trabajadores como la construcción, el comercio, los servicios o las industrias dedicadas a abastecer a los argentinos. Ya se sabe que no habrá conejos saliendo de galeras y el oficialismo pondrá a prueba si conserva alguna capacidad de imponer un relato favorable en la opinión pública o al menos si el Presidente recupera algo de la capacidad que tuvo en sus primeros años como político, cuando sintonizó con la época mejor que todos sus rivales.
En el viaje a París, Milei consiguió reunir una serie de promesas y anuncios firmes de inversiones muy importante. Para hacerlo, los funcionarios les pidieron a empresas que retrasaran la difusión de algunos de sus proyectos o que los adelantaran, como suele ocurrir en esta clase de viajes. Pero esa ofrenda no logró conformar a los jugadores del mercado financiero y los bonos de la deuda argentina volvieron a bajar y a hacer saltar otra vez al Riesgo País.
La semana próxima, el Gobierno enfrentará dilemas parecidos cuando la Cámara de Diputados empiece a discutir el Presupuesto 2027.
El miércoles a las 17.30, el secretario de Finanzas Carlos Guberman se sentará con los jefes de bloque para presentar el proyecto de ley. Allí enfrentará pedidos y reclamos de representantes de las provincias -un verdadero clásico nacional- pero también escuchará algunas preguntas más urticantes. Por ejemplo, tendrá que responder si Economía está dispuesta a eliminar los recortes a las prestaciones de discapacitados que estaban en el presupuesto original o si las prestaciones sociales como la Asignación Universal por Hijo se actualizarán con la inflación o no.
Cada una de esas respuestas generará su batalla particular y revelará de qué manera piensa Milei lidiar con el tiempo que le queda hasta las elecciones.


