
Fernando Signorini viajó desde Lincoln a Barcelona en mayo de 1983 para ver entrenar a César Luis Menotti. El 28 de junio estaba en la puerta del Camp Nou cuando vio llegar a Diego Maradona. “Frenó de golpe y saltó como un resorte, con esa agilidad de rana que tenía”, recuerda. “Caminó hacia la puerta, tomó el picaporte y empezó a tirar. Y a mí me dio risa porque tiraba de manera tan frenética y estaba cerrado”.
Aquel encuentro sería el comienzo de una relación que trascendería el fútbol. El 24 de septiembre de ese año, Andoni Goikoetxea le fracturó el tobillo a Maradona. Según Signorini, a partir de esa lesión Diego sintió que necesitaba una atención más personalizada y le propuso convertirse en su preparador físico. Años después, el Profe conoció a Goikoetxea en Madrid, le estrechó la mano y, según cuenta, “le agradecí lo que había hecho por mí”.
Fernando Signorini, el hombre que conoció a Diego detrás del mito de Maradona. El Mundial de México 1986
Signorini tenía un objetivo: convencer a Diego de que México 86 sería su Mundial. Para motivarlo, lo provocaba con comparaciones con Michel Platini, por entonces una de las grandes figuras del fútbol mundial. Antes del torneo, también lo desafió a expresar públicamente su confianza. Maradona se enojó muchísimo. Al día siguiente habló con la prensa y, poco después, Signorini leyó un título que lo llenó de satisfacción: “Maradona abre el fuego: seré yo la figura del Mundial”.
El partido contra Inglaterra le dejó dos recuerdos imborrables y una mirada particular sobre los goles más famosos de la historia de los Mundiales. Signorini estaba detrás del arco de Peter Shilton cuando Diego convirtió el primero. Y no tiene dudas: “Fue con la mano y fue trampa”. “Lo condeno”, agrega. No puede aceptarlo, “haya sido contra quien haya sido”.
Maradona y Shilton junto al juez de línea Bogdan Dochev, antes del Argentina-Inglaterra de México 86.Sobre el segundo, el que se transformó en el mejor gol de todos los Mundiales, tiene una interpretación sorprendente: “Fue un error conceptual que terminó bien”. Según su análisis, Diego tenía compañeros a quienes podía pasarles la pelota para definir la jugada. Y si Shilton se quedaba con ella, toda la Argentina lo habría criticado por no haber elegido una opción más sencilla.
Tiempo después, delante de Don Diego, el padre de Maradona, Signorini relacionó aquella trampa con las injusticias que ambos habían sufrido en Fiorito. Cuenta que, al escucharlo, Diego cerró la boca y no respondió.
“Con Maradona no voy ni hasta la esquina”
En Nápoles, la fama de Diego había alcanzado dimensiones difíciles de imaginar. La vida cotidiana se había convertido en una sucesión de multitudes, exigencias y situaciones imposibles de controlar. Signorini lo resume con una imagen contundente: “Vivir con Maradona en Napoli era como vivir en una pelopincho con un tiburón”.
Una mañana, después de una cena en un restaurante en el que la gente los había desbordado, decidió planteárselo mientras iban al entrenamiento: “Yo con Diego voy hasta el fin del mundo y con Maradona no voy ni hasta la esquina”. La respuesta del Diez, acompañada por una sonrisa, fue tan sencilla como reveladora: “Tenés razón, pero si no fuera por Maradona, yo estaría en Fiorito”.
Era la contradicción que, según Signorini, marcaría buena parte de su vida: el Diego íntimo, al que quería y admiraba, y el Maradona público, convertido en un personaje que parecía haber adquirido vida propia.
La adicción y el doping de 1994
Signorini asegura que, en los últimos años que compartieron, la adicción fue transformando a Diego. “Dejó de ser él para hacer lo que la droga había hecho con él”, describe. En Nápoles, después de visitar una comunidad terapéutica, le llevó un libro que uno de los jóvenes internados le había dedicado con una frase que todavía recuerda: “No hay un lugar en el mundo tan seguro como para esconderse de uno mismo”.
Antes del Mundial de Estados Unidos 1994, el preparador físico lo entrenaba de noche, en un campo de La Pampa, con sesiones de enorme intensidad que también buscaban mantenerlo alejado de las drogas. Los trabajos eran tan exigentes que, en ocasiones, era el propio Diego quien le pedía que pararan.
Fernando Signorini y Diego Maradona, en el campo El Marito, en Santa Rosa, La Pampa, en abril de 1994.Durante el Mundial estaba en la habitación contigua cuando le comunicaron a Maradona el resultado positivo del control antidopaje. “Le pegó a la pared porque escuchamos el ruido del otro lado”, recuerda.
Para Signorini, aquel episodio fue el desenlace de “una instrumentalización brutal que se hizo de él”. Sostiene que la presencia de Diego había sido utilizada para potenciar la venta de entradas, los derechos de televisión y los patrocinadores. Y considera que, una vez cumplido ese objetivo comercial, buscaron demostrarle quién tenía realmente el poder.
La admiración de Diego por Messi: “No se puede creer las cosas que hace este enano”
En Sudáfrica 2010, Signorini fue testigo de la relación entre Maradona, entonces entrenador de la Selección Argentina, y Lionel Messi. “Era fantástica. Se admiraban”, asegura.
Recuerda especialmente una escena después de un entrenamiento. Diego largó una bocanada de humo y, todavía maravillado por lo que acababa de ver, comentó: “No se puede creer las cosas que hace este enano”.
Signorini tiene una explicación particular para aquella fascinación: Diego nunca había podido verse a sí mismo jugar. Y al observar el talento de Messi, de alguna manera encontraba la posibilidad de contemplar desde afuera aquello que él mismo había sido capaz de hacer dentro de una cancha.
Diego Maradona, Lionel Messi y Fernando Signorini, tras la eliminación ante Alemania en los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica 2010, en Ciudad del Cabo.El último abrazo y una despedida que nunca llegó
La última vez que Signorini vio a Diego fue durante el velatorio de su padre. “El último abrazo que nos dimos”, recuerda.
Tiempo después, cuando Maradona dirigía a Gimnasia y Esgrima La Plata, uno de sus ayudantes lo llamó para decirle que Diego quería hablar con él. Signorini puso una sola condición: “Decile que yo voy, pero para hablar con él y con nadie más”. Nunca se concretó el encuentro. “Después no me volvieron a llamar”, cuenta.
Fernando Signorini fue preparador físico de Maradona y parte del cuerpo técnico de la Selección en Sudáfrica 2010.La noticia de la muerte de Maradona le llegó a través de un amigo. Encendió la televisión, encontró la confirmación y apagó el teléfono. Tampoco fue al velorio. Prefirió quedarse con los recuerdos de los años compartidos y con una manera de entender las despedidas: “Cada vez que lo recuerdo lo primero que viene es una sonrisa”.
Cuando le preguntan qué significó Diego en su vida, elige una palabra: “Duende”. Y explica por qué: “Yo estaba casi condenado a una vida monótona, aburrida, gris. Y él la llenó de burbujas y de colores”.
Diego y Maradona, dos caras de una misma vida
Signorini siempre distinguió al Diego íntimo del personaje público. Recuerda al primero como un pibe cariñoso, que se aferraba a su mamá cuando ella lo abrazaba. Maradona, en cambio, “era directamente insoportable”.
Para el Profe, esa convivencia entre dos personalidades tan diferentes terminó creando un genio casi inexplicable para el fútbol, pero también tuvo un costo devastador para el hombre que estaba detrás de la leyenda.
Y lo resume con una frase que, a 66 años del nacimiento del Diez, conserva toda su crudeza: “Maradona fue impiadoso con Diego, lo arrastró por todos lados, lo llenó de chichones y, en definitiva, yo creo que lo terminó matando”.



