Crónicas menducas: la Batalla de Pilar y la cruel muerte de Laprida

Roberto Suarez

Hace 50 años conocí el barrio Batalla del Pilar, en Godoy Cruz, porque ahí vivía mi novia, Verónica Díaz, luego mi compañera en todos estos años, y me preguntaba porque llevaba ese nombre el barrio.

El conjunto habitacional construido en la década del 50 recuerda el sangriento enfrentamiento de setiembre de 1829, donde murió, entre otras personas, Francisco Narciso Laprida, quien fuera el presidente del Congreso de Tucumán

En esa época se denominaba San Vicente, y allí se libró la Batalla de Pilar el 22 de septiembre de 1829, fue un enfrentamiento armado entre unitarios y federales en el marco de las guerras civiles argentinas, que significó la momentánea recuperación de la provincia de Mendoza para el partido federal. Es especialmente conocida por la particular ferocidad con que el general vencedor, José Félix Aldao, ejecutó a los prisioneros enemigos después de la batalla, en venganza por la muerte de su hermano mientras negociaba con el jefe enemigo.

Los antecedentes dicen que el gobierno de Juan Rege Corvalán en la provincia de Mendoza continuó la política de su antecesor, Pedro Molina, que se había identificado con el partido federal. Los unitarios, por su parte, esperaban una oportunidad para volver al gobierno, con apoyo popular o no.



La Batalla del Pilar: Un hito decisivo en la historia de Mendoza - Noticias de Mendoza - Memo

El partido unitario mendocino vio acercarse sus esperanzas a partir de la invasión de José María Paz en Córdoba y su ascenso al gobierno de esa provincia. Con la intención de reponer al gobernador cordobés Bustos, el general riojano Facundo Quiroga invadió Córdoba y pidió ayuda a sus aliados para esa campaña. En apoyo de Quiroga partió en esa dirección la mayor parte del ejército mendocino – especialmente las tropas de frontera – al mando del general José Félix Aldao, a quien también describimos en este libro.

Al conocerse en Mendoza el resultado de la Batalla de La Tablada, favorable a los unitarios, los jefes de ese partido en Mendoza decidieron apoderarse del gobierno. El ejército de Aldao no había regresado aún, debido a que su general estaba reponiéndose de una grave herida recibida en La Tablada en la ciudad de San Luis.

Por ello, aprovechando el control que tenía sobre las milicias cívicas de infantería – que no habían marchado a Córdoba y eran favorables a los unitarios – el comandante Juan Cornelio Moyano dirigió una revolución el 10 de agosto de 1829 y depuso a Corvalán, reemplazándolo interinamente por Juan Agustín Moyano. Para hacer más simpática la revolución, hizo nombrar gobernador al general Rudecindo Alvarado, veterano de las guerras de independencia.

Muchos dirigentes notables del federalismo fueron puestos en prisión, como los coroneles José y Francisco Aldao, hermanos del caudillo, pero Alvarado los puso en libertad al poco tiempo.

El coronel Aldao se puso en marcha inmediatamente sobre su provincia natal, llamando también en su auxilio a Quiroga y al general riojano José Benito Villafañe.

Los gauchos de Aldao y el poema conjetural (zumban las balas en la tarde última)
Félix Aldao

El 21 de agosto, Aldao ingresó en la provincia de Mendoza por Corocorto – hoy Villa de la Paz – y el día 24 tuvo una entrevista con el general Alvarado en la posta de Las Catitas. Tras varias horas de conversación, se pusieron de acuerdo en llamar a elecciones, aunque cada general terminó la entrevista creyendo que el otro había cedido.

Juan Cornelio Moyano asumió el mando militar de una fuerza de milicias urbanas y voluntarios unitarios, con los que adoptó una posición defensiva en la zona de la capilla del Pilar, cinco millas al este de la capital. Mientras tanto, Aldao seguía avanzando lentamente hacia Mendoza, recibiendo en el camino refuerzos enviados desde San Juan, San Luis y La Rioja.

En la mañana del 22 de septiembre, Aldao envió a conferenciar con Moyano a su hermano Francisco. Mientras llevaba adelante una negociación, las avanzadas de Aldao se lanzaron al ataque, seguidas por la artillería, que descargó una cerrada lluvia de munición gruesa sobre los unitarios. Uno de los oficiales de Moyano, indignado por lo que consideraba una violación a la tregua, ultimó al coronel Francisco Aldao de un tiro de pistola en el rostro.

Una carga de caballería de las fuerzas de Aldao superó rápidamente las posiciones de los hombres de Moyano, que después de los primeros tiros se quedaron sin municiones e inermes ante sus enemigos. La lucha no duró más de una hora, hasta que el campamento enemigo fue tomado por los federales. Allí encontró el general Aldao el cadáver de su hermano.

Después de la batalla, los vencedores se lanzaron sobre la capital, que fue ocupada unas horas más tarde. Aldao, furioso por la muerte de su hermano, ordenó continuar la persecución de los enemigos aún después de rendidos, de resulta de lo cual fueron ejecutados casi un centenar de hombres a larga distancia del campo de batalla. Dentro de la ciudad fueron muertos el doctor José María Salinas, el mayor Plácido Sosa, Luis Infante y los hermanos y Joaquín y José María Villanueva; este último fue degollado y dado por muerto, pero la gordura evitó su muerte –moriría en combate dos años y medio más tarde. La víctima más conocida de la matanza ordenada por Aldao fue el doctor Francisco Laprida, el sanjuanino que fuera presidente del Congreso de Tucumán en la jornada de la Declaración de independencia de la Argentina.

Francisco Laprida: la impactante vida del personaje que presta su nombre a peatonal de Lomas de Zamora | InfoRegión
Laprida

El general Corvalán volvió a asumir el gobierno provincial, con la misma Sala de Representantes, de la cual fueron excluidos casi todos los participantes de la revolución. Mendoza seguiría en la órbita del Partido Federal hasta después de la Batalla de Oncativo, de febrero del año siguiente, cuando el general mendocino José Videla Castillo invadió la provincia y Corvalán –faltándole el apoyo de Aldao, prisionero del general Paz– renunció al gobierno y huyó a refugiarse entre los pehuenches. Éstos, luego, lo asesinaron.

Dos de los diputados que firmaron el Acta de la Independencia en el Congreso de Tucumán, terminarían sus días de modo violento. El doctor Juan Agustín Maza, diputado por Mendoza, encontró la muerte en 1830, masacrado en Chacay por los indígenas del cacique Coleto, en cuyo pueblo se había refugiado, creyéndolo amigo.

Un año antes, el doctor Francisco Narciso de Laprida, diputado por San Juan y presidente del Congreso el famoso 9 de Julio, fue ultimado bárbaramente por los montoneros, luego de la batalla del Pilar. Vale la pena rescatar esta última historia.

Francisco Narciso de Laprida nació en San Juan en 1786. Era hijo del asturiano José Ventura Laprida y de la sanjuanina Ignacia Sánchez de Loria. Le dieron muy buena educación. Estudió en el Real Colegio de San Carlos en Buenos Aires, y luego cruzó la Cordillera, con sus padres y otros familiares, para matricularse en el Colegio Carolino de Santiago de Chile. Allí se graduó de bachiller en Cánones y Leyes. Pasó luego a la Universidad de San Felipe, que lo saludó licenciado y doctor en 1810.

En total, estuvo seis años en el vecino país. Retornó a San Juan en 1811: ejerció la profesión y fue miembro del Cabildo y apoyó desde el vamos la formación del Ejército de los Andes, al cual hizo importantes aportes en dinero. Se ganó así la amistad y la estima de José de San Martín.

En 1815, fue elegido como segundo diputado –el primero era fray Justo Santa María de Oro- al Congreso de Tucumán.

Congreso General Constituyente de Tucumán en 1816 - Pueyrredon | Archivo Digital

Sucedió que Laprida impugnó su propia elección, afirmando que no se había convocado a votar a “los cuarteles de los arrabales”. Sólo aceptó el resultado cuando la Intendencia de Cuyo lo confirmó.

Incorporado al Congreso en Tucumán, tocó al doctor Laprida, como se sabe, presidir la asamblea el memorable día en que se declaró la Independencia. Partió a Buenos Aires al trasladarse allí la corporación, y le correspondió ejercer la vicepresidencia entre agosto y setiembre de 1817.

Después, cumplió una misión política y económica en Chile, ante el general Bernardo O’Higgins. Su provincia lo nombró diputado al Congreso General reunido en Buenos Aires en 1824: lo presidió entre febrero y junio de 1825. Regresó a San Juan en 1827, con su esposa Micaela Sánchez de Loria y sus hijos.

Pronto, como unitario convencido, se comprometió en las luchas contra los federales. Con José Rudecindo Rojo, fundaron el periódico “El Amigo del Orden”, y fueron redactores de “El Solitario”; también, con Víctor Barreau, redactó “El Repetidor”.

El gobernador rosista José María Echegaray, persiguió a Laprida y terminó encarcelándolo. Obtuvo la libertad en 1829, gracias a un movimiento de las damas sanjuaninas y al pago de una cuantiosa suma de dinero. De inmediato, partió a Mendoza y se incorporó a las fuerzas unitarias como cabo de infantería, en el batallón “El Orden”, donde estaba enrolado Domingo Faustino Sarmiento, de 18 años por entonces.

La misión de esa fuerza era detener el avance de Félix Aldao, aliado del general Juan Facundo Quiroga. El 22 de setiembre de 1829, el batallón, que iba al mando del gobernador interino, general Rudecindo Alvarado, fue atacado por los montoneros de otro de los Aldao, Francisco, al sur de Mendoza, en El Pilar. Alvarado se atrincheró en un potrero, y logró arreglar con Aldao una suerte de armisticio.

En sus “Recuerdos de Provincia” narra Sarmiento que de pronto llegó con su tropa José Félix Aldao. “Borracho, nos disparó seis culebrinas al grupo que formábamos 60 oficiales en torno de Francisco Aldao, su hermano, que había entrado en nuestro campamento después de concluir un tratado… El desorden de nuestra tropa, dispersa a merced de la paz firmada, se convirtió en derrota al momento, a despecho de esfuerzos inútiles para establecer las posiciones”.

Cuenta Sarmiento: “Yo estaba aturdido, ciego de despecho; mi padre vino a sacarme del campo y tuve la crueldad de forzarlo a huir solo. Laprida, ¡el ilustre Laprida!, el presidente del Congreso de Tucumán, vino en seguida y me amonestó, me encareció, en los términos más amistosos el peligro que acrecentaba por segundos. ¡Infeliz! Fui yo el último de los que debían estimar y respetar su mérito, que oyó aquella voz próxima a enmudecer para siempre”. Agregaba: “A poco andar lo asesinaron sanjuaninos, se dice, y largos años se ignoró el fin trágico que lo alcanzó aquella tarde”.

Domingo Faustino Sarmiento

En un discurso, treinta años más tarde, Sarmiento abundaría sobre el episodio. Laprida le habría dicho, narra, “Y bien señor ¿por dónde nos escapamos?’, y me indicó al mismo tiempo: ‘Por aquí’. Yo le dije: ‘Por ahí va, señor, la persecución; por ahí no podemos subir; tomemos esta dirección hacia la ciudad de Mendoza’. Nos separamos y a él lo mataron a media cuadra de distancia. Yo vi cuando lo tomaron”.

Otros autores sostienen que Laprida salió al galope acompañado por el capitán Nicolás Barreda. Tomó la larga calle San Francisco del Monte, con el propósito de ganar el camino-carril y ocultarse en los matorrales que lo limitaban por el naciente. Pero la calle no tenía salida. Pronto divisaron una partida que los seguía. Barreda lo instó a apurarse, pero Laprida le dijo: “Siga usted, que yo pienso entrarme en la primera casa que encuentre”.

Los relatos difieren en cuanto al modo en que lo mataron. Unos dicen que fue alcanzado y cosido a puñaladas en plena calle. Otra versión dice que fue llevado ante el jefe del piquete; y que éste, al saber que era Laprida, “lo ejecutó enterrándolo vivo y pasando un tropel de caballos sobre su cabeza”.

Según las memorias del general José María Paz, el cadáver del ex presidente del Congreso de Tucumán “fue hallado después de un tiempo en un oscuro calabozo, donde sin duda fue enterrado vivo”. Otros dicen que el cuerpo fue enviado al Cabildo de Mendoza donde lo identificó el juez del crimen, Gregorio Ortiz, quien lo hizo llevar luego al calabozo donde quedó oculto.

Jorge Luis Borges dedicó a la muerte del doctor Laprida, una de sus composiciones más famosas, el “Poema conjetural”, de 1943. Allí, imagina los pensamientos que cruzaban por la cabeza del doctor Laprida, mientras huía en el intento infructuoso de salvar su vida.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre / de sentencias, de libros, de dictámenes, / a cielo abierto yaceré entre ciénagas; / pero me endiosa el pecho inexplicable / un júbilo secreto. Al fin me encuentro / con mi destino sudamericano…

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