

El domingo pasado a las 22.30, en el momento en que Lula da Silva frenaba los cantitos futboleros que entonaba la multitud concentrada en la Avenida Paulista para pedir que se cantara a capela el Himno de la Independencia de Brasil, en la Residencia de Olivos imperaba una atmósfera de impotencia y confusión. Atrás había quedado la velada de ópera del romanticismo italiano, un clásico de los domingos que -acaso porque algo debía sonar bien esa noche- Javier Milei había decidido no interrumpir. El clima en el Gobierno se volvió denso con el correr de los minutos y, cuando eso sucede, no son muchos los que se animan a comunicarse con el Presidente. La apuesta había salido fatal.


