
El papa León XIV aterrizó este viernes en el Aeropuerto Internacional de Carrasco y dio inicio a su viaje apostólico por Sudamérica. Desde allí se trasladó hacia el centro de Montevideo, donde subió al papamóvil para recorrer las calles de la capital uruguaya y saludar a los fieles que lo esperaban.
Su primera parada fue la Plaza Independencia, escenario de la ceremonia de bienvenida. Allí estrechó la mano de la vicepresidenta Carolina Cosse y de los exjefes de Estado Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle y Luis Lacalle Pou.
El presidente Yamandú Orsi fue el encargado de recibirlo. “Bienvenido a esta patria grande que lo espera y recibe con los brazos y el corazón abierto”, le dijo, y destacó una particularidad de la región: “Es un privilegio recibirlo en esta región del mundo que pasó por procesos duros y dolorosos en la conformación de Estados e instituciones. Pero hoy es uno de los pocos rincones del mundo que no tiene guerras entre países”. También subrayó la presencia de exmandatarios de distintas ideologías: “Usted podrá observar una pluralidad de voces y visiones que, a lo largo de los años, hemos aprendido a transformar”.
Los temas del primer discurso
Fue entonces cuando el Pontífice pronunció su primer discurso del viaje, ante autoridades políticas, la sociedad civil y el cuerpo diplomático.
Uno de los pasajes más personales llegó cuando se refirió a su propia experiencia reciente, tras la cirugía a la que fue sometido por un cáncer de pulmón. “Recientemente experimenté en primera persona las limitaciones que impone la enfermedad y recibí cuidados por los que estoy profundamente agradecido”, señaló. A partir de ahí reclamó un acceso igualitario a la salud: “Esto me lleva a pensar en tantos hombres y mujeres que carecen de medios para un diagnóstico oportuno y recibir los tratamientos que necesitan. La atención sanitaria debe estar al alcance de cada persona independientemente de sus recursos”.
En ese mismo marco abordó la salud mental y el suicidio, un tema sensible en Uruguay, el país con la tasa más alta de América Latina y una de las mayores del mundo. “La soledad, la angustia y la pérdida de esperanza pueden llegar a ser tan profundas que una persona deje de encontrar razones para continuar viviendo”, advirtió. Y agregó: “Ante la dolorosa realidad del suicidio, la atención sanitaria, los vínculos familiares y la cercanía de la comunidad resultan inseparables. Nadie debería llegar a sentirse extraño”.
El Papa también dedicó un tramo a la inteligencia artificial y a su impacto sobre el trabajo. “El desarrollo de esas tecnologías debe ampliar las capacidades humanas, facilitar tareas y crear nuevas posibilidades, procurando que la persona que trabaja no quede reducida a una simple pieza prescindible dentro del proceso productivo”, planteó. Sobre el empleo, sostuvo que “está en función del hombre y no el hombre en función del trabajo”.
La infancia ocupó otro de los ejes. “Cuidar a los más pequeños incluye asegurarles una educación adecuada”, afirmó, y describió que la escuela “desarrolla sus capacidades, forma su juicio y lo prepara para participar con libertad y responsabilidad en la vida de la sociedad”.
Desde ahí pasó a hablar de la vida por nacer. “Quien todavía no ha nacido pertenece ya a la familia humana y al futuro de su pueblo. Su dependencia absoluta de la madre no disminuye la dignidad que le corresponde ni la protección que merece”, expresó. Aclaró, además, que “acoger una nueva vida requiere que el padre se comprometa junto a la madre, que la familia preste su apoyo y que existan condiciones sociales que permitan a ambos criar y cuidar a sus hijos”.
Para cerrar, citó a su antecesor al hablar del cuidado de los recursos naturales. “Como recordó mi predecesor el papa Francisco, la noción de bien común incorpora también a las generaciones futuras. Esta responsabilidad se traduce en las decisiones que afectan al uso de los recursos naturales y las fuentes de energía”, sostuvo, y remarcó que “pensar a largo plazo significa administrar estos bienes sin comprometer las posibilidades futuras”.
Las llaves de la ciudad y la misa en la Catedral
Terminado el discurso, León XIV mantuvo una reunión privada con Orsi en el Edificio José Artigas. Luego se dirigió al Cabildo, el histórico ayuntamiento montevideano, donde le entregaron las llaves de la ciudad.
La jornada culminó en la Catedral Metropolitana, con una celebración junto a obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y seminaristas. En sus primeras palabras, pronunciadas en español, recordó que en ese mismo templo fue bautizado José Gervasio Artigas.
Durante la ceremonia volvió sobre el sufrimiento humano. “Él ve el sufrimiento de su pueblo y escucha su clamor”, dijo al hablar de Dios, y evocó los gestos de Jesús: “Extendió la mano para tocar a un leproso y bendijo a los niños que se le acercaban”. También recordó su súplica de perdón por sus verdugos desde la cruz. “Así es nuestro Dios”, afirmó.



