
Por eso Milei incorporó Sea Lion a su discurso ante la ONU. Y por eso el Gobierno comenzó a moverse. La Casa Rosada impulsó sanciones, acciones judiciales y un nuevo proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional. También inició procedimientos sancionatorios contra empresas, accionistas y proveedores vinculados con la explotación de hidrocarburos. El Presidente prometió utilizar las herramientas diplomáticas, económicas y legales disponibles.
Argentina tiene antecedentes en ese terreno. Rockhopper y Navitas ya había recibido sanciones. Sin embargo, Sea Lion siguió avanzando hasta llegar a las puertas de la explotación comercial.
Es decir, Argentina puede sancionar compañías, perseguir activos, dificultar financiamiento y aumentar los riesgos para quienes participen del proyecto. Lo que no puede hacer es impedir por sí sola que Londres avance. Y entonces vuelve a aparecer la misma ONU que Milei cuestiona.
La Resolución 2065 reconoció la existencia de una disputa de soberanía y llamó a negociar. La 31/49 pidió a las partes abstenerse de introducir modificaciones unilaterales mientras el conflicto permaneciera abierto. Es precisamente esta última resolución la que Argentina utiliza ahora para cuestionar Sea Lion. El propio Milei la recordó este miércoles ante la Asamblea General.
El límite del bilateralismo
El exembajador argentino ante Naciones Unidas y los Estados Unidos Jorge Argüello, habitual columnista de este medio, planteó otra posibilidad: “internacionalizar la respuesta”.
Su argumento parte de esa evidencia. Las herramientas domésticas utilizadas durante años no alcanzaron para detener a Sea Lion. El proyecto, según dice, necesita capital, bancos, aseguradoras, proveedores, buques y compañías de servicios. Llevar la controversia a otros ámbitos podría, entonces, elevar sus costos jurídicos, financieros y políticos. Las empresas pueden pensarlo más de dos veces antes de sentarse en una mesa repleta de trabas.
Argüello mencionó además un antecedente: Chagos. Reino Unido mantuvo durante décadas una disputa con Mauricio por ese archipiélago del océano Índico. El reclamo pasó por la Asamblea General de Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia y otros ámbitos multilaterales hasta modificar el escenario diplomático de la controversia.
El caso deja una enseñanza: la acumulación de presión diplomática, política y jurídica puede modificar las condiciones de una disputa que parece congelada. “Diplomacia y derecho internacional, Naciones Unidas y mecanismos jurisdiccionales pueden formar parte de una misma estrategia”, dijo Argüello.
En diálogo con Ámbito, el exembajador argentino en China Sabino Vaca Narvaja puso el foco sobre esa contradicción. “Milei descalifica a las Naciones Unidas como una organización inútil, pero al mismo tiempo reclama que se respeten sus resoluciones sobre Malvinas”, señaló. Y agregó: “Ese marco multilateral constituye uno de los principales instrumentos diplomáticos de nuestro reclamo. No podemos debilitarlo y, al mismo tiempo, exigir que se cumpla”.
Para Vaca Narvaja, es legítimo cuestionar la falta de implementación de las resoluciones. Pero la respuesta debería pasar por “fortalecer los mecanismos internacionales, no desacreditarlos”. La paradoja quedó sintetizada por el propio Milei: “La Argentina no se va a sentar a esperar a que la ONU y la comunidad internacional estén a la altura de su propio mandato”.
El politólogo y analista internacional Juan Negri observa que la posición de Milei contra los organismos internacionales apunta menos contra la existencia de ámbitos multilaterales que contra el poder que adquirieron sus burocracias para condicionar las decisiones de los Estados nacionales.
“Hay una tensión: su posición contra los organismos internacionales choca con la arena natural donde estos reclamos pueden tener lugar”, explicó a Ámbito. Pero introdujo una diferencia: Milei puede cuestionar esas estructuras y, al mismo tiempo, recurrir a ellas para defender un interés argentino.
Hay allí un hilo que permite unir posiciones que a primera vista parecen contradictorias. Buena parte de la crítica libertaria a organismos como Naciones Unidas, y también a iniciativas como la Agenda 2030, apunta a regulaciones ambientales, sanitarias o sociales que, desde esa mirada, terminan condicionando decisiones que deberían permanecer en manos de los Estados.
La recuperación de soberanía frente a estructuras supranacionales estuvo también en el corazón del discurso que impulsó el Brexit y forma parte de una corriente más amplia que cuestiona la transferencia de decisiones desde los Estados hacia organismos y burocracias internacionales, mencionó Negri.
Desde esa perspectiva, la reivindicación de Malvinas no necesariamente colisiona con el discurso de Milei. Puede incluso encontrar un punto de contacto: el énfasis puesto en la soberanía del Estado nación.
“La tensión, de todos modos, permanece”, señaló. Porque para sostener ese reclamo Argentina necesita que ese sistema internacional conserve autoridad suficiente para que sus resoluciones tengan algún peso.
Entre Trump y Londres
La secuencia de Nueva York agregó otra paradoja. El propio Milei reconoció días atrás que el endurecimiento de su posición sobre Malvinas fue disparado por declaraciones de Donald Trump, quien había puesto en discusión la postura de Washington frente a las islas en medio de sus diferencias con Londres.
Pero ahora, Trump se reunió en Nueva York con el primer ministro británico, Andy Burnham. Malvinas estuvo entre los asuntos abordados y ambos destacaron la importancia de la relación entre Estados Unidos y Reino Unido.
Vaca Narvaja puso el foco también allí. “Es legítimo preguntarse si la cuestión Malvinas fue utilizada como instrumento de presión sobre el Reino Unido, sin que existiera una decisión real de respaldar el reclamo argentino”, sostuvo. La pregunta queda abierta. Aunque hay datos concretos: Estados Unidos y Reino Unido mantienen una alianza estratégica histórica y son socios de la OTAN. La cercanía de Milei con Trump no necesariamente modifica esa trama de intereses.
“Este episodio muestra los límites de confundir alineamiento ideológico con reciprocidad diplomática”, agregó el exembajador.
El planteo conecta con una discusión más amplia. Una causa como Malvinas difícilmente pueda descansar en la relación coyuntural con EEUU. Necesita sumar respaldos heterogéneos.
Entre las alternativas, Argüello propuso explorar las herramientas disponibles en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) y evaluar una presentación ante el Tribunal Internacional del Derecho del Mar. Una opción para llevar la controversia al terreno internacional antes de que comience la explotación.
Hay, además, una asimetría difícil de soslayar. Argentina discute Malvinas con una potencia nuclear que tiene una silla permanente en el Consejo de Seguridad. Las leyes nacionales pueden aumentar costos. Las sanciones pueden complicar empresas. Los fallos judiciales pueden generar contingencias.
Pero para transformar Sea Lion en un problema también para quienes financian, aseguran, abastecen o participan del proyecto, Argentina necesita sacar la discusión de sus propias fronteras. Necesita aliados y multilateralismo.





