
“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón”. ¿Quién no se dejó acariciar el alma en su niñez con esas dulces palabras?
Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, es uno de esos clásicos que parecen destinados a permanecer, aunque el tiempo y las modas intenten relegarlo. Una obra entrañable, profunda, que muchos recuerdan vagamente y que, sin embargo, merece ser redescubierta.
Resulta difícil creer que alguien no haya disfrutado la historia de ese burrito tierno y fiel. Más que un libro infantil, es una pieza literaria que debería formar parte de la biblioteca esencial de cualquier lector. Allí, en capítulos breves pero intensos, se despliega un mundo cargado de sensibilidad, donde lo cotidiano se vuelve poesía.
La obra relata la vida de Platero, un burrito querido y cuidado por su dueño, un joven solitario que encuentra en el animal su compañía más sincera. A través de esa relación, el narrador describe escenas simples y, a la vez, profundamente humanas, donde la alegría, la tristeza y la belleza conviven sin artificios.
Durante años, fue lectura sugerida en las escuelas. Tal vez muchos la recuerden de la infancia, aunque no siempre con la comprensión que su riqueza literaria exige. Porque Platero y yo no es un libro fácil: su prosa, delicada y cargada de imágenes, invita más a sentir que a apurar la lectura.
En sus páginas no solo hay ternura. También hay enseñanzas: el respeto por los animales, el valor del mundo rural, la contemplación de la naturaleza y, también, la presencia inevitable de la muerte. Porque la historia de Platero no escapa al destino final, y allí radica parte de su hondura.
Uno imagina a Juan Ramón Jiménez como un hombre atravesado por la poesía, capaz de encontrar belleza en cada detalle mínimo. Esa sensibilidad es la que transforma una historia sencilla en una obra universal.
No es casual que se trate de uno de los libros más traducidos y leídos del mundo, después de la Biblia y el Quijote. Y tampoco es justo que haya sido “malvendido” durante años como literatura exclusivamente infantil: es, en verdad, un texto para todas las edades.
Hace poco, una noticia conmovió al mundo literario: en Moguer, el pueblo andaluz donde vivió el autor, cayó el pino bajo el cual Jiménez había enterrado a Platero. Un símbolo que se pierde, como tantas cosas que creíamos eternas.
Y tal vez por eso vuelve hoy a mi memoria este libro fascinante. Porque en la Argentina, paradójicamente, el burro ha dejado de ser solo un símbolo de ternura para convertirse en tema de debate.
En medio de la crisis económica, comenzó a hablarse del consumo de carne de burro. La discusión estalló tras un caso en Chubut, donde un emprendimiento logró vender en tiempo récord toda su producción. Entre la curiosidad, el rechazo y la necesidad, el tema dejó de ser marginal.
Los precios de la carne vacuna han alcanzado niveles prohibitivos. En apenas un mes, los aumentos superaron el 10%, y hoy un kilo promedio ronda entre los 20.000 y 25.000 pesos. Frente a este panorama, la oferta de carne de burro a $7.500 el kilo aparece como una alternativa impensada hasta hace poco.
El impulsor de esta iniciativa, el productor Julio Cittadini, reconoció su sorpresa: lo que esperaba vender en una semana, se agotó en un día. La experiencia cuenta con aval oficial y controles bromatológicos, es decir, se trata de un mercado legal.
Desde el punto de vista nutricional, los estudios la describen como una carne magra, con alto valor proteico y bajo contenido graso. Su sabor, incluso, presenta características particulares asociadas al umami, ese “quinto sabor” que aporta intensidad.
Pero más allá de los datos técnicos, lo que subyace es otra cosa: una transformación cultural forzada por la economía. En el país de las vacas, pensar en el burro como alimento no deja de ser una señal de época.
Quienes crecimos encariñados con Platero, quienes aprendimos a ver en ese animal noble una imagen de ternura y compañía, sentimos que algo se resquebraja. No es solo una cuestión gastronómica: es también simbólica.
La realidad obliga. Y a veces, también, duele.
En este contexto, resuena con más fuerza que nunca aquella frase del inmortal Enrique Santos Discépolo:
“Esta civilización ha hecho de lo imposible lo realizable… y del pan, un artículo de joyería”.
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