
El sector vitivinícola de Mendoza atraviesa una profunda crisis que tiene su origen en la fuerte caída del consumo interno y una matriz de costos que compromete la rentabilidad.
El panorama es complejo por varios motivos, pero se destaca el hecho de que opera bajo excedentes de stock que presionan los precios a la baja, dificultando que el productor perciba valores que cubran los incrementos en energía, logística e incluso ciertos insumos dolarizados.
En tal contexto, con márgenes cada vez más acotados, el Gobierno de Mendoza articuló una herramienta denominada “Diplomacia del Vino”, un programa que busca transformar el producto insignia de la provincia en un activo de relaciones internacionales.
Esta iniciativa consiste en un ciclo de encuentros de que vincula directamente a las bodegas locales con el cuerpo consular, embajadores y organismos de crédito, utilizando la identidad vitivinícola como una plataforma de negociación paradiplomática para abrir mercados y atraer inversiones productivas fuera de los canales tradicionales.
El programa, que integra a la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza con expertos en planeamiento estratégico y diplomáticos, busca elevar la jerarquía de Mendoza dentro de las 12 Capitales Mundiales del Vino.
Esta estrategia favorece al sector al desintermediar la relación entre la oferta local y la demanda global, permitiendo que las bodegas, especialmente las medianas y pequeñas con menor capacidad de despliegue internacional, accedan a mesas de decisión que antes miraban desde lejos.
Sin embargo, para que esta diplomacia se traduzca en una mejora real del rendimiento del sector, debe convivir con soluciones de fondo.
El fomento de eventos de alto impacto, como la inminente Vinexpo Explorer o el posicionamiento de Mendoza como sede global del vino a granel, es una respuesta necesaria para una industria que necesita evacuar stocks rápidamente para estabilizar el mercado interno.
En tal sentido, si bien la diplomacia del vino será el impulsor para mejorar la percepción del riesgo para el inversor, su éxito dependerá de la capacidad del sector para acoplar la proyección internacional con una política de financiamiento de cosecha que sea accesible y acorde a la coyuntura económica.
Es decir, hoy Mendoza intenta que la tradición vitivinícola de la provincia se transforme en un instrumento geopolítico que sirva para terminar con una crisis que el mercado interno parece no poder resolver por su cuenta.




