
Con el paso de los años, la política argentina fue mutando y se fue transformando en algo totalmente diferente a lo convencional, una suerte de metamorfosis silenciosa pero a la vez irreversible.
Durante décadas, la identidad partidaria funcionó como un tatuaje inamovible. Se nacía y se votaba dentro de una estructura, bajo un escudo y una doctrina que garantizaban una base de apoyo orgánica y previsible.
Sin embargo, esa lealtad que se ejercía desde la cuna se desmoronó casi por completo, dando paso a un electorado mucho más pragmático, volátil y, sobre todo, fragmentado e imprevisible.
Se trata de un voto a la carta, una elección que refleja los cambios de costumbres en una sociedad politizada que ya no compra el paquete completo sobre la base de una ideología, sino que elige opciones más específicas.
Esta nueva dinámica se exhibe con mayor fuerza en el interior del país, donde se evidencia el auge del vecinalismo y los partidos de base territorial que no necesariamente tienen relación con los partidos predominantes.
Hay distritos y comunas donde los grandes sellos nacionales debieron comenzar a convivir, y en casos a competir con cierta desventaja, con agrupaciones que priorizan la gestión territorial y la cercanía con el vecino.
Allí entra el rol del votante, que puede elegir una opción para la conducción del Gobierno nacional, ya sea por una cuestión de simpatía o apoyo al rumbo económico, pero en lo cercano otorgar su confianza en un candidato local que no pertenece a ninguna de las grandes coaliciones por el simple hecho de verlo como un par.
Esta autonomía con la que cuenta el elector, que tiene hoy una oferta mucho más nutrida de candidatos, obliga a los grandes armadores a desplegar nuevas estrategias teniendo en cuenta que aquella del derrame no alcanza para ganar una elección en un territorio específico.
En tal contexto, la irrupción de los outsiders, que comienzan a hacerse eco en las encuestas y básicamente admite que hoy cualquier ciudadano pueda aspirar a ocupar un cargo público, terminó por dinamitar esta lógica de los grandes sellos partidarios.
Hay figuras provenientes del sector privado que son reconocidas por su trayectoria en ambientes como el periodismo, el deporte u otros que ingresan a la arena pública ya con el reconocimiento social previo.
Estos actores no le deben su carrera a la militancia de base ni a la burocracia partidaria, lo que les otorga una libertad de acción que, si bien oxigena el sistema, también contribuye a la disperción del poder legislativo.
El resultado es un Congreso, legislaturas provinciales y concejos comunales donde los bloques mayoritarios son cada vez más difíciles de consolidar, convirtiendo a cada proyecto de ley en una negociación individual, casi artesanal, con representantes de monobloques o fuerzas provinciales.
Ello es beneficioso, claramente, sobre todo porque se vuelve un desafío para aquellos que quieran hacerse del control total del poder, ya que el contrato de la lealtad debe renovarse constantemente o sufrir el quiebre.




