
A pocos días del inicio de clases, el régimen de resguardo de celulares que aplicará el Colegio Universitario Central (CUC), dependiente de la Universidad Nacional de Cuyo, abrió un fuerte debate dentro de su comunidad educativa, no solo de la casa madre de estudios de Mendoza, sino en general.
Apoyos, críticas y dudas prácticas sobre cómo será la vida escolar sin el dispositivo comenzaron a multiplicarse en los cursos, en los grupos de familias y en redes sociales.
La medida empezará a regir desde el 5 de marzo y establece que, al ingresar, los estudiantes deberán apagar el teléfono o colocarlo en modo avión y guardarlo en una caja institucional que permanecerá cerrada hasta el final de la jornada.
Solo podrá utilizarse cuando un docente lo solicite para una actividad pedagógica o ante situaciones excepcionales autorizadas.
Desde la conducción del colegio sostienen que no se trata de una sanción ni de una prohibición, sino de una decisión orientada a mejorar la atención en clase, fortalecer los vínculos entre pares y generar condiciones para un aprendizaje más profundo.

Recreos en el centro de la discusión
El principal punto de conflicto no está en las horas de clase, sino en la imposibilidad de usar el celular durante los recreos.
Entre los estudiantes se repite una idea: la desconexión en el aula puede ser positiva, pero el problema aparece en los tiempos libres y en la organización cotidiana. El teléfono —plantean— no se utiliza solo para redes sociales. Lo usan para pagar en el buffet con billeteras virtuales, transferirse dinero entre compañeros, consultar material digital o fotografiar el pizarrón cuando no llegan a copiar.
También señalan que no todos pueden anticipar las fotocopias ni manejarse únicamente con efectivo: “Está bueno que haya una desconexión, pero no sabemos cómo reorganizar los recreos y algunas actividades diarias”, sostuvo una alumna del establecimiento.
Del otro lado, hay familias que consideran que la medida permitirá recuperar la concentración en el aula y evitar interrupciones durante el horario escolar, incluso las que provienen de los propios adultos.
“Muchas veces somos las familias las que escribimos mientras están en clase. Está bueno volver a respetar ese tiempo”, expresó el padre de una estudiante.
En redes sociales también aparecieron apoyos que remarcan que el celular es una de las principales fuentes de distracción y que su uso debería quedar limitado a momentos pedagógicos.
Un debate que excede al dispositivo
La discusión no se limita al uso del teléfono. En una institución con fuerte tradición de participación estudiantil y formación en pensamiento crítico, la medida reactivó un planteo de fondo: hasta qué punto regular y cuánto espacio dejar a la autonomía.
Entre egresados y miembros de la comunidad surgieron opiniones que sostienen que el desafío no es restringir el celular sino enseñar a utilizarlo con criterio y responsabilidad.
Ese punto toca uno de los rasgos históricos del CUC: la construcción de estudiantes con capacidad de autorregulación.
Adaptación y aplicación
Con el inicio del ciclo lectivo a la vuelta de la esquina, la experiencia en las aulas será la que termine de definir el impacto de la medida. La institución prevé instancias de evaluación para analizar su aplicación y posibles ajustes.
Mientras tanto, el tema ya se instaló como una de las discusiones más fuertes dentro de la comunidad educativa y volvió a poner sobre la mesa un debate que atraviesa a toda la escuela secundaria: qué lugar deben ocupar las pantallas en la escuela y cómo se construye hoy la atención en un contexto de hiperconectividad.



